"El mejor regalo de la teapia"

Newsletter #21

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En la última sesión clínica, como hacemos habitualmente, compartíamos en el equipo algunos casos que requerían nuestra atención, con la intención de mejorar la intervención, aprender unos de otros y afinar la ayuda que ofrecemos a cada paciente.

En ese contexto apareció un tema en el que todos coincidíamos.

Si tuviéramos que hacer un solo regalo a nuestros pacientes, si pudiéramos ofrecerles algo que perdurase más allá del paso por la consulta, sería esto: que aprendan a tener una relación amable, comprensiva, cariñosa y alentadora consigo mismos.

Coincidíamos en que es algo que debe suceder necesariamente en terapia. Que tras el paso por nuestro despacho las personas, al entender mejor cómo son, cómo somos los seres humanos; al entender que el dolor es inevitable y, por lo tanto, universal; que el error es insoslayable y, por lo tanto, ubicuo; que el éxito es solo temporal y que las mejores cosas de la vida a veces duran poco o tienen un final; al entender que las cosas se ponen, en ocasiones, muy difíciles y que no tenemos garantía en absoluto de que las cosas salgan bien, de que sin duda pasaremos momentos complejos, tanto con la gente que queremos como con nuestros trabajos, como con nuestros anhelos, como con nuestras expectativas…


Que lo mejor que podemos regalarle a nuestros pacientes es esa convivencia amable, considerada, comprensiva y compasiva con ellos mismos. Porque si la vida va a ser dura en algún momento, si el camino se va a torcer, más vale que tu compañero de viaje —tú mismo— esté a favor de obra y no a la contra.

Cuando trabajamos esto en consulta, algunas personas se asustan. Confunden ser amables y considerados consigo mismos con ser flojos, permisivos, caóticos o un desastre. Pero nada más lejos de la realidad.

La amabilidad hacia uno mismo es la mirada que tenemos hacia alguien que intenta correr una maratón y sigue caminando cuando ya no le quedan fuerzas. Es la mirada que solemos tener hacia los demás cuando fallan o fracasan. Es la mirada con la que acompañamos a un niño cuando intenta aprender algo nuevo. Y si no somos capaces de mirar así a los demás —al menos en algunos momentos—, será muy difícil mirarnos de ese modo a nosotros mismos. A veces hay que empezar entrenando esa mirada comprensiva hacia fuera.

Al fin y al cabo, vas a ser la persona que te acompañe desde que naces hasta que mueres. Más vale que estés dispuesto a apoyarte, a mirar tus errores con amabilidad y a celebrar tus aciertos con tranquilidad. Porque cuando ocurre lo contrario, la vida se vuelve estrecha y dura: si solo castigas tus errores y minimizas o no valoras las pequeñas cosas que haces bien, el camino se vuelve invivible.

Por eso, en aquella sesión clínica coincidíamos todos en algo fundamental: esta relación amable con uno mismo es un elemento esencial de la terapia. Y sin ella, por mucho que trabajemos otros aspectos, no hay una verdadera y auténtica salud mental.


Gracias por confiar, por estar, y por formar parte de este camino.

Un abrazo,  
Equipo Actúa

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