
No es infrecuente identificar en consulta un patrón doloroso y persistente que termina funcionando como eje central del sufrimiento de la persona: la convicción —más o menos explícita— de que el problema no está en lo que ocurre, sino en quien lo vive.
Por lo general, la propia persona es ciega a ello y no puede señalar un momento concreto en el que esa idea se instaló.
No hay una escena nítida que marque el inicio. Lo que encontramos es algo más progresivo: una acumulación de experiencias, pequeños episodios, aprendizajes repetidos que, sin hacer ruido, se van sedimentando.
A veces tiene que ver con la historia personal: con lo que fue reforzado, criticado o exigido.Y otras veces responde a algo más estructural: la forma en que el lenguaje convierte los hechos en identidades.
Cuando algo no sale bien, rara vez decimos “esto no ha funcionado”. Decimos “soy torpe”, “soy inseguro”, “soy insuficiente”. Un hecho se transforma en definición.
Con el tiempo, ese patrón deja de ser solo un pensamiento. Se convierte en una emoción persistente y en una convicción silenciosa: algo que se siente como verdad.
Y, inevitablemente, empieza a modificar la conducta.
La persona evita situaciones donde podría ponerse a prueba esa supuesta falla estructural. Reduce la exposición. Se retira antes de intentar. No tanto por incapacidad, sino para no confirmar la idea de fondo: “si lo intento, se demostrará que el problema soy yo”.
Así, la convicción se protege.
Y el mundo se estrecha.
Y ahí comienza el verdadero problema: no en el fallo, sino en la conclusión.
Porque cuando la dificultad se formula en términos de identidad, se produce un desplazamiento profundo. Ante una situación compleja, en lugar de pensar “hay algo que resolver”, se empieza a pensar “hay algo defectuoso en mí”.
Nuestra naturaleza no es ser impecables.
Es afrontar.
Resolver, ajustar, intentar, equivocarse y volver a intentar. Ese es el movimiento sano de cualquier sistema vivo.
Si el foco estuviera bien colocado frente a la dificultad, las preguntas serían operativas:
¿qué necesito entender mejor?
¿qué puedo aprender?
¿en qué puedo mejorar?
¿qué herramientas necesito incorporar?
La atención estaría orientada al ajuste y al crecimiento.
Pero cuando el foco se desplaza hacia la identidad, la pregunta se vuelve condenatoria. Ya no se examina lo que sucede fuera. Se examina uno mismo.La mente se convierte en un sistema de supervisión permanente: vigila, revisa, analiza, repasa. Y mientras tanto, la vida sigue ocurriendo.
Si la mente dicta que “el problema soy yo”, el sistema entra en una crisis de confianza. Porque entonces la pregunta implícita es inquietante: si el fallo está en mí, ¿cómo puedo vivir seguro dentro de este organismo?
La duda deja de ser situacional.
Se vuelve estructural.
Ya no se cuestiona una decisión concreta, sino el propio criterio, la propia percepción, la propia manera de estar.
Y cuando esa confianza básica se erosiona, cualquier experiencia puede convertirse en amenaza.
Pero ese diagnóstico es erróneo.
El fallo no es identidad.
La dificultad no es definición.
No somos el problema.
Somos quienes atraviesan problemas.
Y recuperar esa posición —la de agente y no la de defecto— cambia profundamente la forma de vivir.
Gracias por confiar, por estar, y por formar parte de este camino.
Un abrazo,
Equipo Actúa
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