
Cuando se vislumbra el momento de ir cerrando un proceso terapéutico, de ir disolviendo el vínculo que se ha ido tejiendo entre terapeuta y paciente, suele abrirse un espacio especialmente significativo. No porque todo esté resuelto, sino porque muchas de las piezas que antes estaban dispersas comienzan a ordenarse.
En ese tramo final, cuando los objetivos propuestos conjuntamente se han ido alcanzando, solemos formular una pregunta sencilla y, a la vez, profundamente reveladora:
¿Qué te llevas de este trabajo? ¿Para qué te ha servido?
A veces, la respuesta sorprende incluso a quien escucha.
Un paciente lo expresó así:
“Ahora puedo respirar mis emociones como cuando hueles un jazmín. No juzgo el olor ni intento cambiarlo. Solo tomo conciencia. Incluso si no me gusta, puedo respirarlo sin sentirme desbordado ni con necesidad de controlarlo.”Después añadió:
“Yo antes nadaba y creía que nadaba bien, pero había aprendido solo. Venir a terapia es como tener un profesor de natación. Ahora mi manera de nadar es más eficaz y puedo disfrutar más de estar en el agua, que es la vida.”
Estas palabras condensan con precisión el sentido del trabajo terapéutico. No se trata de empezar de cero ni de invalidar lo aprendido antes, sino de afinar la técnica emocional: aprender a respirar mejor, a dejar de gastar energía innecesaria y a moverse con más conciencia en aguas que no siempre son tranquilas.
No se trata de dejar de nadar.
Se trata de nadar con menos esfuerzo.
Y de poder disfrutar del agua.
Postdata: Hablar de “cierre” en terapia no implica una clausura definitiva. Conviene recordar que la terapia no se termina: queda disponible como recurso al que se puede volver en distintos momentos de la vida, con el mismo profesional o con otro.
Gracias por confiar, por estar, y por formar parte de este camino.
Un abrazo,
Equipo Actúa
Contáctanos por teléfono o whatsapp