# 33 "Cuando el problema ya no tiene solución"

Newsletter #33

Cuando alguien acude a un psicólogo suele hacerlo buscando una solución.

Algo no va bien y espera que podamos ayudarle a entenderlo, cambiarlo, superarlo o, al menos, vivir de otra manera con ello. Parece una expectativa bastante razonable. Al fin y al cabo, buena parte de nuestro trabajo consiste precisamente en eso: identificar qué está ocurriendo y encontrar maneras diferentes de afrontarlo.


Pero hay ocasiones en las que, después de escuchar durante un tiempo, empezamos a sospechar algo distinto.

Quizá la solución que esa persona lleva años buscando no existe.

No porque su problema sea irresoluble. Ni porque esté condenada a sentirse siempre así. Sino porque, en realidad, lo que lleva años intentando solucionar es algo que ya ocurrió.


Que su familia no hubiera sido como fue.

Que aquella relación no hubiera terminado.

Que no hubiera permitido que alguien la tratara de determinada manera.

Que hubiera tomado otra decisión.

Que hubiera visto antes lo que ahora parece tan evidente.

Que alguien la hubiera querido, protegido, reconocido o defendido cuando lo necesitaba.


La mente humana tiene una extraordinaria capacidad para regresar al pasado y construir versiones alternativas. «Si hubiera dicho…», «si me hubiera dado cuenta…», «si mis padres hubieran…», «si él no hubiera…», «si yo hubiera…».

En psicología lo llamamos pensamiento contrafactual: nuestra capacidad para imaginar qué habría sucedido si las cosas hubieran ocurrido de otra manera. Y no es, en absoluto, un error de funcionamiento. Tiene una utilidad evidente. Mirar hacia atrás puede ayudarnos a aprender. Podemos descubrir qué hicimos, qué no vimos, qué circunstancias influyeron y qué podríamos hacer de otra manera la próxima vez.

El problema comienza cuando esa mirada deja de estar al servicio del aprendizaje y se convierte en un intento interminable de encontrar una salida a un hecho que ya no la tiene.


Entonces pensamos y volvemos a pensar. Reconstruimos conversaciones. Buscamos explicaciones. Cambiamos el punto de vista. Nos preguntamos qué habría pasado si hubiéramos actuado de otra manera. A veces llegamos incluso a comprender bastante bien lo sucedido.

Y, sin embargo, no basta.

Porque quizá, debajo de todas esas preguntas, queda otra mucho más difícil de formular:

¿Y si lo que sigo buscando es que aquello no hubiera ocurrido?

Hay experiencias ante las que resulta extraordinariamente difícil rendirse a una evidencia muy sencilla: pasaron.


Aceptar esto no significa aprobarlo. No significa justificar a quien nos hizo daño. Tampoco minimizar lo ocurrido, reconciliarnos con nadie ni concluir que «no fue para tanto».

Significa reconocer algo mucho más incómodo: no podemos modificar su condición de hecho acontecido.


Y esto importa porque a veces sentimos, con razón, que determinados acontecimientos nos han robado una parte del futuro.

Una infancia difícil deja huellas. Una relación dañina puede cambiar nuestra manera de relacionarnos. Una decisión equivocada puede tener consecuencias irreversibles. Una pérdida puede cerrar para siempre posibilidades que existían antes de ella.

La psicología no debería engañarnos diciendo que nada de eso importa porque «todo depende de cómo te lo tomes». No es verdad. Hay cosas que nos suceden y cambian realmente las condiciones de nuestra vida.


Pero hay algo más que merece la pena observar.

A veces, una parte de lo que aquel pasado sigue robándonos no procede ya únicamente de lo que ocurrió, sino de la manera en que seguimos intentando resolverlo.

Porque mientras tratamos de conseguir en nuestra cabeza que aquello termine de otra manera, puede resultar mucho más difícil mirarlo de frente y preguntarnos qué aprendimos allí, no como una explicación intelectual, sino como un patrón que todavía está funcionando.


Quizá sigo intentando conseguir de los demás la validación que nunca tuve.

Quizá continúo tolerando comportamientos que hoy considero inaceptables porque aprendí hace mucho a normalizarlos.

Quizá sigo dejándome llevar por impulsos cuyas consecuencias conozco perfectamente.

Quizá continúo tratando de demostrar que valgo ante personas que nunca van a concederme ese reconocimiento.

Quizá sigo respondiendo hoy a una situación que terminó hace años.


Y aquí sucede algo paradójico. Mientras una parte de nosotros continúa mirando hacia atrás para liberarse del pasado, algunos de los patrones que nacieron allí pueden seguir tomando decisiones en nuestro presente.

Por eso aceptar el pasado no consiste en dejar de mirarlo. En terapia, muchas veces hacemos exactamente lo contrario: lo miramos mejor.

Intentamos distinguir qué ocurrió y qué no. Qué dependía de nosotros y qué no podía depender de nosotros. Qué hicimos con los recursos que teníamos entonces. Qué responsabilidad necesitamos asumir. Qué aprendimos para protegernos, agradar, evitar el conflicto o conseguir afecto. Y, sobre todo, cuáles de aquellas respuestas siguen apareciendo ahora, cuando quizá ya no las necesitamos o incluso nos hacen daño.


Es una mirada más serena, pero no necesariamente menos dolorosa.


Porque hay duelos que no hacemos solamente por las personas que hemos perdido. También hacemos duelo por la familia que necesitábamos y no tuvimos, por aquello que permitimos, por las oportunidades que dejamos pasar, por las decisiones que tomamos y por las versiones de nosotros mismos que, mirando desde hoy, desearíamos haber sido capaces de ser.


Y llega un momento en que ya no queda ninguna interpretación nueva que pueda cambiar eso.

Quizá entonces empieza otra parte del trabajo.

Poder mirar aquello sabiendo que no podemos repararlo y, aun así, no quedar definidos por ello.


Poder reconocer que fuimos dañados sin convertirnos solamente en alguien dañado. Poder asumir que nos equivocamos sin quedar reducidos para siempre a nuestra equivocación. Poder reconocer incluso comportamientos propios de los que no estamos orgullosos y seguir considerándonos personas dignas de afecto, de respeto y de una vida que merezca la pena ser vivida.

En ese lugar, la mirada de otro importa.


A veces el trabajo del psicólogo no consiste en encontrar la pieza que faltaba para resolver el pasado. Consiste en quedarse allí con la persona, mirar con ella algo que ya no tiene arreglo y no apartar la mirada. Ayudarla a distinguir responsabilidades, comprender patrones, reconocer el dolor y descubrir que, incluso delante de aquello que más lamenta o más daño le hizo, sigue habiendo delante una persona completa y absolutamente digna.


El pasado volverá alguna vez. Los fantasmas tienen esa costumbre.

Pero quizá ya no necesitemos sentarnos otra vez con ellos a celebrar el mismo juicio.

Podremos reconocerlos. Saber de dónde vienen. Incluso escuchar durante un momento lo que tienen que decirnos.

Y después mirar alrededor.

Porque nuestra vida puede ser buena aunque no todo en ella lo haya sido.


Y porque comprender de verdad el pasado quizá no consista en encontrar por fin la manera de cambiarlo, sino en conseguir que deje de decidir, una y otra vez, lo que hacemos con lo que todavía está por venir.


No cambia el pasado. Pero puede liberar el futuro.