"Ir al psicólogo por primera vez"

Newsletter #26

Ir al psicólogo por primera vez rara vez resulta algo sencillo. Muchas personas pasan días, semanas o incluso años dándole vueltas a la idea antes de dar el paso. Y muchas veces no se trata solo de tomar la decisión. Empezar terapia implica entrar en una situación profundamente desconocida para la que no solemos tener demasiadas referencias claras. La mayoría sabemos más o menos qué ocurre en una consulta médica. Pero la consulta psicológica es otro territorio. La información que tenemos suele venir de películas, series o ideas generales que no siempre encajan con lo que realmente ocurre allí.

A eso se suma la dificultad de abrirse ante alguien desconocido. Alguien en quien todavía no sabemos si podemos confiar. Y poner aspectos vulnerables de uno mismo en manos de alguien cuya confiabilidad aún no conocemos no suele ser sencillo para nadie.Así que antes de llegar a consulta, muchas personas ya llevan semanas —o meses— pensando en ello. La cabeza da vueltas, construye escenarios, ensaya respuestas. O simplemente evita el tema y lo aparca hasta que ya no puede más. Dar el paso de pedir cita es, en sí mismo, un proceso. Y lo que ocurre entre ese momento y el instante en que uno se sienta frente al psicólogo ya dice mucho sobre cómo cada persona se relaciona con pedir ayuda.

EL GUIÓN MENTAL DE ANTES

Hay quien llega a la primera sesión con todo preparado. Ha pensado por dónde empezar, qué va a contar, cómo va a explicar lo que le pasa. Ha hecho un resumen mental de su vida, ha seleccionado los episodios relevantes, quizá incluso ha ensayado algunas frases. Llevar un guión da sensación de control. De no quedar expuesto del todo.

Y luego hay quien llega sin nada. Sin saber por dónde empezar, sin tener claro qué le pasa exactamente, con una especie de malestar difuso que no sabe cómo nombrar. Solo sabe que algo no está bien. Y eso también es una forma válida de llegar.

Ambas cosas, dicho sea de paso, le cuentan algo al psicólogo. La manera en que alguien afronta esa primera sesión —si viene con todo controlado o completamente abierto, si habla sin parar o se queda en silencio— ya ofrece información sobre cómo esa persona se maneja con la incertidumbre, la vulnerabilidad o la necesidad de tener las cosas bajo control.

LOS MIEDOS QUE NADIE DICE EN VOZ ALTA

  • Antes de entrar, y también dentro, aparecen miedos. Muchos. Algunos muy concretos, otros más difusos. Y la mayoría no se verbalizan, pero están ahí.
  • Algunos de los más frecuentes: 
  • No saber explicarme bien y que el psicólogo no entienda realmente lo que me pasa.
  • Bloquearme, quedarme en blanco o no encontrar las palabras en el momento. Llorar. Perder el control delante de alguien que no conozco.
  • Que lo que cuente le parezca absurdo, exagerado o poco importante. No caer bien. Que no conectemos. Que me juzgue sin decirlo.
  • Remover cosas que prefería tener enterradas. Abrir puertas que no sé si querré abrir.
  • Descubrir algo sobre mí que no me guste. O que confirme mis peores miedos sobre mí mismo.
  • Que me digan que tengo un problema «de verdad». O al contrario: que me digan que no tengo nada y que estoy exagerando.

Son miedos muy humanos. Y lo interesante es que casi ninguno tiene que ver con el psicólogo en sí. Tienen que ver con uno mismo: con la vergüenza, con la necesidad de caer bien, con el miedo al juicio, con la dificultad de mostrarse vulnerable ante alguien desconocido.

En cierta manera, los miedos que aparecen antes de la primera sesiónno hablan solo de la terapia. Hablan de cómo esa persona ha aprendido a relacionarse con pedir ayuda, con exponerse, con no tener el control.

EL MIEDO A REMOVER

Uno de los miedos más frecuentes —y de los que menos se hablan— es el miedo a lo que puede aparecer. A que hablar de ciertas cosas las haga más reales. A que remover el pasado duela más que dejarlo estar. A descubrir que hay algo que no estaba resuelto y que llevabas años creyendo que sí.

Es un miedo legítimo. Trabajar en terapia puede activar cosas. Puede hacer que durante un tiempo te sientas más revuelto que al principio. Y eso, lejos de ser una señal de que algo va mal, suele ser parte del proceso.

Ir al psicólogo no es abrir una herida. Es, más bien, dejar de caminar con ella cerrada en falso.

LO QUE EN REALIDAD NO IMPORTA

No hace falta llegar con todo ordenado. No hace falta saber explicarse perfectamente. No hace falta haber identificado el problema con claridad ni tener claro si «lo tuyo» merece o no atención psicológica.Puedes llegar con el caos. Con la confusión. Con un «no sé muy bien qué me pasa, pero algo no va bien.» Puedes llorar. Puedes bloquearte. Puedes quedarte sin palabras a mitad de una frase. Puedes llegar con el guión preparado y que en el momento todo se te olvide.

Todo eso es válido. Y todo eso, de una manera u otra, también forma parte de lo que se trabaja.

La primera sesión no es un examen. No hay una respuesta correcta. No existe una manera de hacerlo bien o hacerlo mal. El psicólogo no está ahí para juzgar si eres suficientemente interesante, suficientemente grave o suficientemente elocuente. Está ahí para intentar entenderte.

Desde donde puedas, con lo que tengas. Y a veces, el simple hecho de haber llegado ya es el paso más difícil de todo el proceso. Eso también cuenta.

Gracias por confiar, por estar, y por formar parte de este camino.

Un abrazo,  
Equipo Actúa