
Imagínate que llegas a una sesión con tu psicólogo o psicóloga después de varias citas previas. Te sientas, empezáis a hablar y, de repente, te propone algo inesperado.
Que pruebes un alimento que sabe que detestas… y te lo ofrece ahí mismo.
Que pruebes un alimento que no te gusta.
Que te pongas una goma en la muñeca y te des un pequeño gomazo.
Que aguantes unos segundos sin respirar, un poco más allá de lo que te resulta cómodo.
Probablemente pensarías que algo raro está pasando.
Quizá te preguntarías para qué sirve eso o por qué alguien querría exponerte voluntariamente a una experiencia desagradable cuando, en teoría, has ido a terapia para sentirte mejor.
Y, sin embargo, detrás de propuestas como estas hay una idea importante.
Una parte significativa del sufrimiento humano no proviene únicamente de las emociones, pensamientos o sensaciones desagradables que experimentamos, sino de los enormes esfuerzos que hacemos para no sentirlos.
Intentamos no sentir tristeza, ansiedad, incertidumbre, vergüenza, rechazo o frustración. Queremos que desaparezcan cuanto antes, como si fueran señales de que algo va mal.
Pero muchas veces no indican que algo vaya mal.
Indican que estamos viviendo.
La tristeza aparece cuando perdemos algo importante. El miedo cuando nos enfrentamos a algo incierto. La frustración cuando las cosas no salen como esperábamos. El cansancio cuando hacemos esfuerzos. La vergüenza cuando nos mostramos vulnerables.
Son experiencias incómodas, sí. Pero también profundamente humanas.
El problema aparece cuando convertimos la eliminación de toda incomodidad en un objetivo vital.
Porque cuanto menor es nuestra disposición a experimentar malestar, más pequeña acaba siendo nuestra vida.
Si no toleramos la incertidumbre, dejamos de intentar muchas cosas.
Si no toleramos el rechazo, evitamos acercarnos a quienes nos importan.
Si no toleramos la frustración, abandonamos demasiado pronto.
Si no toleramos la ansiedad, dejamos de hacer precisamente aquello que podría ayudarnos a crecer.
Por eso, en ocasiones, en terapia realizamos pequeños experimentos con la incomodidad.
No porque el sufrimiento sea bueno.
No porque busquemos que la persona lo pase mal.
Sino porque queremos descubrir algo importante: que una experiencia desagradable puede estar presente sin que tengamos que huir de ella.
Que podemos sentir incomodidad sin quedar atrapados por ella.
Que podemos hacerle espacio.
Y que, muchas veces, somos capaces de soportar mucho más de lo que imaginamos.
Quizá una de las habilidades psicológicas más importantes de la vida no sea aprender a evitar el malestar.
Quizá sea aprender a convivir con él cuando aparece.
Porque la vida siempre incluirá dosis variables de dolor, frustración, incertidumbre, miedo o pérdida.
Y cuanto antes aprendamos a relacionarnos con esas experiencias, menos energía tendremos que dedicar a escapar de ellas y más podremos dedicar a vivir.