
¿Qué nos queda de las personas que han sido más importantes en nuestra vida, de aquellas a las que admiramos, de quienes nos han dejado una memoria especialmente bella? ¿Sabemos realmente qué sentían mientras hacían todas esas cosas que todavía recordamos, cuál era la intensidad de sus miedos, de su rabia o de su tristeza, cuántas veces tuvieron ganas de marcharse cuando decidieron quedarse, cuánto cansancio había detrás de un gesto de cuidado o cuánto esfuerzo les costó mantener la calma en momentos en los que quizá por dentro no había ninguna calma?
Probablemente sabemos muy poco de todo eso. Incluso de las personas a las que hemos conocido profundamente ignoramos una parte enorme de su vida interior, porque nadie puede habitar por completo las emociones de otro y porque, además, las emociones tienen algo de materia fugaz: durante un tiempo pueden ocuparlo todo, hacerse enormes, teñir cada pensamiento y cada rincón de la vida y, sin embargo, después cambian, se atenúan, se mezclan con otras y muchas veces terminan desapareciendo hasta para quien las sintió.
Lo que sí recordamos es cómo se condujeron por la vida. Recordamos quién estuvo, quién llamó, quién hizo sitio, quién supo cuidar, quién cumplió su palabra, quién consiguió poner un límite sin hacer daño, quién pidió perdón cuando se equivocó, quién tuvo la valentía de decir algo difícil, quién supo marcharse cuando quedarse significaba dejar de respetarse y quién, pudiendo herir, decidió no hacerlo.
Las emociones se van. La conducta queda.
Pero qué difícil es acordarse de todo esto cuando una emoción intensa nos arrastra y muestra su extraordinaria capacidad para jugar con el espacio y el tiempo, estrechando el mundo a nuestro alrededor y convirtiendo el presente en una emergencia incandescente. Cuando estamos muy enfadados queremos dejar de estarlo ahora; cuando tenemos miedo queremos alejarnos, protegernos, recuperar cuanto antes la sensación de estar a salvo; cuando algo nos duele buscamos casi instintivamente cualquier movimiento que prometa aliviarlo. Las emociones saben ser extraordinariamente persuasivas: contesta, huye, averigua, comprueba, ataca, cede, vuelve a preguntar, dale otra vuelta, haz algo. Cualquier cosa antes que permanecer aquí sintiendo esto.
Ahí está precisamente la dificultad: muchas veces obedecerlas funciona. Contestamos y descargamos la rabia, evitamos y el miedo disminuye, comprobamos y durante un rato recuperamos la tranquilidad. Si esas conductas no nos proporcionaran alivio sería muy fácil abandonarlas; el problema es precisamente que pueden ser magníficas soluciones para los próximos diez minutos y pésimas decisiones para aquello que queremos conservar durante años.
Todos acabamos desarrollando nuestras propias maneras de salir deprisa del malestar, una especie de repertorio personal que nos acompaña aunque cambien los escenarios y las personas. Hay quien se marcha, quien ataca, quien necesita explicarse hasta ser comprendido, quien busca información, quien intenta controlarlo todo, quien cede para que termine el conflicto y quien piensa y repiensa lo sucedido esperando encontrar, en la vuelta número cien, algo que no apareció en las noventa y nueve anteriores. Conocernos de verdad quizá tenga bastante que ver con reconocer esos caminos, no para prohibírnoslos, sino para saber adónde suelen llevarnos.
Entre la urgencia de dejar de sentir algo y la conducta que finalmente elegimos puede abrirse entonces un espacio pequeño, a veces diminuto, en el que aparece una pregunta distinta: cuando todo esto haya pasado, ¿quiero reconocerme en lo que estoy a punto de hacer?
Es una pregunta íntima, compleja, valiente e incomodísima, porque nos obliga a apartar por un momento la mirada de lo que sentimos, de lo que nos han hecho, de lo que creemos merecer o de lo que desearíamos que ocurriera, para dirigirla hacia un lugar mucho más difícil: cómo quiero conducirme yo en medio de todo esto. No para ser mejores, ni para comportarnos como los demás esperan, ni siquiera para dejar una memoria más amable en quienes nos rodean, sino por algo mucho más privado: si podemos reconocernos y respetarnos en la manera en que hemos elegido actuar.
Una parte importante del trabajo que hacemos en terapia tiene que ver precisamente con recuperar ese espacio. A veces necesitamos detenernos para descubrir algo en lo que apenas habíamos reparado: quién soy, qué cosas son verdaderamente valiosas para mí, hacia dónde quiero dirigirme y cuánto de lo que hago responde a esa elección o simplemente a la urgencia de escapar de lo que siento. Después viene el trabajo menos visible y seguramente más difícil: conocernos lo suficiente para reconocer nuestros automatismos y desarrollar nuestras propias estrategias para que, incluso cuando la emoción apriete, tengamos algo que decir sobre nuestras propias elecciones.
No elegimos sentir miedo, rabia, tristeza o decepción, y quizá tampoco deberíamos aspirar a hacerlo. Pero sí podemos intentar que aquello que sentimos, por intenso que sea, no decida por completo lo que hacemos. No podemos hacernos dueños de nuestras emociones, pero sí intentar serlo de nuestros actos.
Quizá ahí esté lo verdaderamente valioso: poder mirar después nuestra propia conducta, cuando la emoción ya haya perdido su intensidad, y reconocernos en ella. No porque siempre hayamos acertado, ni porque hayamos hecho lo más correcto, sino porque, en medio de todo aquello que sentíamos, elegimos una manera de conducirnos que todavía podemos respetar cuando la emoción ya se la ha llevado el viento.
Gracias por leernos
Un abrazo. Equipo Actúa