"Pánico real en la mente un secuestro que llega poco a poco"

Newsletter #30

Pánico real en la mente. Un secuestro total que se va produciendo poco a poco.

Al principio apenas se percibe. Son pensamientos, imágenes, sensaciones, pequeñas señales que aparecen y desaparecen. Fantasmas discretos que parecen no tener demasiada importancia. Pero poco a poco van ocupando más espacio, más tiempo, más atención.

Y de pronto la amenaza se hace real.

Parece que debería huir incluso de mí misma, esconderme del mundo, porque no soy suficiente. Soy lo peor que me podría pasar en esta vida: ser yo misma.

Y entonces solo quiero huir. Esconderme. Meterme bajo tierra. Dejar incluso de ser, de existir.

Porque si yo soy realmente lo peor que me puede pasar,

¿para qué ser?

EL PÁNICO QUE NO ES CUALQUIER PÁNICO

Y entonces aparece el pánico. Pero no es un pánico cualquiera. No es el miedo a un accidente, ni a una enfermedad, ni a una amenaza que viene de fuera.

Es el pánico de quien cree haber descubierto algo terrible sobre sí mismo. El pánico de quien siente que el peligro no está en el mundo, sino dentro. Como si de pronto hubiese corrido una cortina y apareciera una verdad insoportable que siempre estuvo ahí esperando a ser encontrada.

Y por eso duele tanto. Porque no parece que haya un lugar al que escapar. Si el peligro estuviera fuera, podrías huir. Si estuviera en otra persona, podrías alejarte.

¿Qué haces cuando la amenaza parece ser tú?

¿Qué haces cuando aquello de lo que deberías escapar vive dentro de tu propia piel?

EL CÍRCULO QUE SE CIERRA

Por eso el pánico es tan total. Porque no se siente como una emoción. Se siente como una revelación. Como si por fin hubieras comprendido algo terrible y definitivo.

Y cuanto más miedo sientes, más cierta parece esa revelación. Y cuanto más cierta parece, más miedo sientes. Hasta que acabas atrapado en un círculo perfecto en el que la alarma alimenta la historia y la historia alimenta la alarma.

La sensación se convierte en prueba. El miedo confirma la amenaza. La angustia confirma la historia. El cuerpo parece demostrar que esa terrible conclusión es cierta.

QUÉ HACER EN ESE MOMENTO

En ese momento, quizá no sea el momento de entender. Ni de analizar. Ni de averiguar si todo eso que tu mente te está contando es verdad o mentira.

Ahora mismo no estás intentando resolver el problema de fondo. Estás intentando recuperar suficiente estabilidad para poder afrontarlo después.

Porque cuando la casa está ardiendo, no es el momento de discutir sobre arquitectura. Es el momento de apagar el fuego.

— Respira. Baja las sensaciones del cuerpo.
— Busca afecto, comprensión y cuidado.
— Busca refugio en tu gente.
— Usa agua fría. Mueve tu cuerpo.
— Sigue tu estrategia. La que preparaste con tu psicóloga. No la pongas en duda. Hazla.


APRENDE A VER LAS SEÑALES

Después llegará el momento de entender. Pero antes, ve detectando las señales que te van llevando allí. ¿Qué pensamientos aparecen? ¿Qué imágenes? ¿Qué sensaciones corporales? ¿Qué ocurre antes de que el cuerpo entre en esa alerta que se apodera de ti?

¿Dejas de comer? ¿Dejas de hablar? ¿Te metes cada vez más en tu mente? Aprende a identificar esos precursores y ten también una estrategia para trabajarlos. No los ignores. Apréndelos. Trabájalos.

Porque muchas veces no son pensamientos cualquiera que aparecen y desaparecen. A veces son viejas creencias que han acabado formando parte de la definición que tenemos de nosotros mismos. Creencias que permanecen al fondo, silenciosas durante mucho tiempo, y que en momentos de vulnerabilidad vuelven a despertar.

Las creencias que esperan en el fondo:

— «No soy suficiente.»
— «No valgo.»
— «Hay algo defectuoso en mí.»
Por eso hay que entender esos fantasmas. Hay que conocerlos. Hay que entender de dónde vienen. Hay que ver cómo han ido moldeando nuestra forma de mirarnos y de relacionarnos con el mundo.

Y hay que afrontarlos. No para luchar contra ellos a gritos, sino para dejar de darles automáticamente la razón. Para cuestionarlos. Para fortalecernos frente a ellos.

Porque quizá nunca desaparezcan del todo, pero pueden dejar de dirigir nuestra vida.

Pueden dejar de tener la última palabra.