
Hay una cosa que no deja de sorprenderme después de tantos años escuchando a personas pensar en voz alta.
Y no es que la gente sea contradictoria.
Eso ya lo sabemos.
Lo verdaderamente asombroso es que cada uno de nosotros sigue sorprendiéndose de su propia contradicción, como si después de tantos años conviviendo con una mente, esa mente todavía pudiera levantarse una mañana y decir una cosa completamente distinta a la que dijo ayer.
Y nosotros, pobres portadores de la mente, nos quedamos mirando aquello como quien ve moverse un mueble solo en mitad del salón.
“Pero si ayer lo tenía clarísimo”.
“Pero si hace dos días pensaba justo lo contrario”.
“Pero si yo no soy así”.
Bueno.
Igual sí.
O igual no.
O igual la mente no funciona con esa limpieza con la que nos gustaría imaginarla.
Tenemos la fantasía de que dentro de nosotros hay una especie de comité sensato, ordenado, con actas, argumentos y conclusiones. Una mente que analiza los hechos, sopesa las pruebas y después emite una resolución razonable.
Pero muchas veces no hay comité.
Hay una gacela asustada, un lagarto que solo quiere salvar el pellejo, una criatura hambrienta de pertenencia, una parte orgullosa que no quiere volver a ser humillada, una parte tierna que echa de menos, una parte furiosa que quemaría el pueblo entero y una parte bastante digna que intenta recordar los valores, la sensatez y los hechos.
Todo eso junto.
A la vez.
En el mismo cuerpo.
Así que no es raro que nos hagamos un lío.
La mente no siempre habla desde los hechos. Muchas veces habla desde las necesidades.
Cuando se siente sola, razona de una manera.
Cuando se siente querida, razona de otra.
Cuando tiene miedo, encuentra argumentos para huir.
Cuando desea, encuentra argumentos para volver.
Cuando está herida, se llena de pruebas.
Cuando añora, empieza a borrar pruebas.
La mente maneja la información como puede. Recorta, olvida, reforma, cambia, transforma. Hace sus montajes. Sus películas. Sus versiones extendidas. Sus finales alternativos.
Y lo hace todo bastante a demanda.
A demanda de la emoción que esté mandando ese día.
Por eso una mañana puedes pensar: “No quiero volver a ver a esta persona en mi vida”.
Y al día siguiente aparece una vocecita diciendo: “Bueno, quizá… tal vez… y si…”.
Y entonces el propio portador de la mente se asusta de su mente.
Como si la mente tuviera que ser coherente por contrato.
Pero no.
La mente no fue diseñada para ser transparente. Fue diseñada para mantenernos vivos.
La evolución no necesitaba que nos entendiéramos estupendamente. Necesitaba que detectáramos amenazas, que buscáramos abrigo, que no nos quedáramos fuera de la manada, que quisiéramos ser elegidos, que no muriéramos solos en el frío.
Comprenderse con precisión era secundario.
Pertenecer, no.
Por eso hay una parte nuestra, muy antigua, muy cervatilla, que sigue queriendo que la escojan. Que la miren. Que la quieran. Que le digan: “tú sí, tú dentro, tú conmigo”.
Y cuando esa parte se activa, puede hacer unas negociaciones mentales extraordinarias.
Puede convertir un pulpo en compañero.
Puede maquillar señales.
Puede olvidar cosas importantes.
Puede confundir intensidad con amor.
Puede llamar destino a lo que quizá solo era hambre.
Y luego, cuando estamos más acompañados, más despiertos, más enteros, miramos al pulpo y pensamos: “Pero ¿qué hacía yo ahí, abrazada a este bicho que huele a pescado?”.
Pues sobrevivir.
A tu manera.
Con los programas disponibles ese día.
Esto se ve mucho en los duelos, en las rupturas, en las pérdidas, en los momentos de incertidumbre. Pero no solo ahí.
También aparece cuando dudamos de un trabajo, cuando cambiamos de etapa, cuando envejecemos, cuando triunfamos, cuando tenemos miedo de algo que deseábamos, cuando conseguimos lo que queríamos y de pronto nos entran ganas de salir corriendo.
La mente es una amalgama. Un crisol de movidas evolutivas. No es una línea recta. Es una reunión bastante ruidosa entre animales antiguos y aspiraciones modernas.
Por eso, quizá, una de las tareas más importantes de vivir no sea conseguir que la mente deje de contradecirse.
Eso no va a pasar.
La tarea es aprender a no obedecerla demasiado rápido.
Poner un poco de distancia.
Esperar.
Mirarla con curiosidad.
Preguntarse: “¿Desde qué necesidad me está hablando esto ahora?”.
No siempre: “¿Tiene razón?”.
Porque a veces no está intentando tener razón.
Está intentando llenar una jarrita.
Está intentando no quedarse sola.
Está intentando recuperar algo perdido.
Está intentando evitar una herida vieja.
Está intentando pertenecer.
Y claro, si no sabemos esto, cada pensamiento inesperado se convierte en una amenaza a nuestra identidad.
“Estoy loca”.
“Soy débil”.
“No he avanzado nada”.
“Vuelvo a estar igual”.
No necesariamente.
A veces no estás igual.
A veces solo ha vuelto a hablar una parte antigua.
Una parte que no se entera de los informes, ni de las conversaciones, ni de los hechos objetivos. Una parte que no lee actas. Solo siente frío y busca calor.
Por eso conviene ser firmes, pero no crueles con una misma.
No todo pensamiento merece ser seguido.
Pero casi todo pensamiento merece ser entendido.
No para darle la razón.
Para saber qué necesidad trae debajo.
Porque conocerse no es dejar de sorprenderse.
Conocerse es aprender a decir:
“Ah, mira. Hoy ha salido esta parte”.
Y no entregarle las llaves de la casa solo porque ha gritado más fuerte.
Quizá madurar tenga algo que ver con eso.
Con dejar de exigirle a la mente que sea una funcionaria impecable de la verdad.
Y empezar a verla como lo que es: una criatura antigua, brillante, torpe, protectora, exagerada, llena de recursos y de trampas.
Una mente intentando salvarnos.
Incluso cuando se equivoca de camino.