
Los seres humanos, cuando sufrimos, intentamos aliviar ese sufrimiento como sea. Queremos salir de ahí cuanto antes.
EL INTENTO DE ALIVIO
Muchas veces recurrimos a lo que tenemos más a mano. O, quizá mejor dicho, a lo que más hemos practicado a lo largo de nuestra vida. Y uno de esos intentos de aliviar el sufrimiento consiste en buscar a alguien con la imprecisa y vana esperanza de que tenga la solución. Así que vamos «vomitando» lo que nos ha pasado por doquier.
La imagen no es especialmente bonita, pero es bastante exacta.
Esta necesidad de contar una y otra vez lo que nos ocurre, buscando a alguien que pueda darnos una respuesta o una solución, acaba convirtiéndose casi en un acto compulsivo. Lo llamativo es que parece tener muy poca eficacia. Si realmente funcionara, probablemente esa persona nunca llegaría a la consulta de un psicólogo. Habría encontrado ya el alivio que buscaba.
Sin embargo, llega a terapia y hace exactamente lo mismo que ha venido haciendo fuera:
nos vomita su malestar.
EL COSTE DEL VÓMITO EMOCIONAL
Uno de los grandes problemas de este «vómito emocional» es que, con cada intento, la persona suele salir un poco más debilitada. Busca comprensión y, muchas veces, encuentra consejos. Busca alivio y recibe soluciones que ya había pensado, que ya había probado o que sabe que no puede poner en marcha. Y, cuando eso ocurre, la frustración aumenta.
Pero hay algo más. Con cada relato siente que se ha expuesto un poco más. Que ha dejado al descubierto partes muy íntimas de sí mismo delante de personas que ahora conocen sus miedos, sus dudas o sus miserias. A veces incluso aparece una sensación difícil de explicar: la de haber quedado en deuda con quienes le ofrecieron consejos que luego no siguió.
Lo que acaba ocurriendo:
— La frustración aumenta cuando las soluciones propuestas no encajan.
— Quien escucha acaba agotándose y tomando distancia.
— La persona acaba sintiéndose todavía más sola que al principio.
LO QUE SÍ HACE LA TERAPIA
Cuando alguien llega a terapia, por supuesto que una parte del trabajo consiste en escuchar y recoger todo ese sufrimiento. Pero los psicólogos no tratamos de deshacer mágicamente el nudo que ha traído a esa persona hasta aquí. Ojalá fuera tan sencillo.
La verdadera utilidad de la terapia es comprender cuáles son las estrategias que esa persona ha ido desarrollando para intentar resolver su sufrimiento y analizar si realmente están funcionando. Porque la inmensa mayoría de las personas no hacen lo que hacen por casualidad. Lo hacen porque, en algún momento de su vida, esa estrategia tuvo algún sentido o produjo algún alivio.
En terapia analizamos precisamente ese funcionamiento. Nos preguntamos para qué está haciendo eso la persona, qué consigue, qué coste tiene y por qué, a pesar de no resolver el problema, sigue recurriendo a ello una y otra vez.
No buscamos cambiar el pasado.
Buscamos cambiar la relación que la persona mantiene con él.
PARA TERMINAR
Una vez hemos recogido ese «vómito» y hemos separado de él aquello que realmente nos ayuda a comprender el problema, el trabajo consiste en ofrecer una manera distinta de observar lo ocurrido, de analizarlo y de responder.
Porque para eso sirve la terapia: para sustituir estrategias que alivian unos minutos, pero mantienen el problema durante años, por otras que, aunque exijan más esfuerzo al principio, permitan construir una vida más libre, más eficaz y también más respetuosa con uno mismo.
La terapia no consiste solo en escuchar lo que nos ocurre.
Consiste en descubrir para qué hacemos lo que hacemos.
UN ABRAZO, EQUIPO ACTÚA